Hay
días que no cuesta nada madrugar. El despertador sonó a las 5.45 de
la mañana y nos pusimos en marcha porque una hora más tarde
salíamos para el aeropuerto camino Isla de Pascua. Todo fue como
estaba programado y tras casi 6 horas de vuelo y 3500 km recorridos
aterrizábamos en el lugar habitado más alejado de otro lugar
habitado.
La
primera sensación fue que estábamos llegando a un lugar de la
Polinesia, y el estilo es, sin duda, ese. La única diferencia es que
la gente de la isla habla español (y rapa nui). El aeropuerto es
pequeño, como todo en la isla, y en muy poco tiempo habíamos
recogido nuestras maletas y estábamos en los brazos de la familia
Diaz Tuki, que nos recibían, como no, con collares de flores.
Habíamos
oído que la organización de las cosas en la isla no era muy
estricta, pero nuestra sorpresa fue grande cuando a nuestra llegada
a la casa toda la familia y amigos, entorno a la tía Sara, nos
estaban esperando y habían preparado un curanto (comida asada bajo
tierra con piedras volcánicas calientes) por lo que nos sentimos muy
agradecidos.
Después
de comer Vianca, una de las hermanas Diaz Tuki, nos acompañó en
camioneta a visitar la capital, Hanga Roa: los primeros moais, las
playas, unas cuevas, la costa, el oleaje… Nos parecía estar
viviendo en una película o en un documental. Estábamos paseando
entre las gigantes cabezas que tantas veces habíamos visto y nos
habían parecido inalcanzables. ¡Estábamos en Rapa Nui!
Al
atardecer nos hicimos unas compras y nos sentamos en la terraza de la
casa de Ariki a tomarnos unas cervezas antes de cenar. La
tranquilidad que se respira en esta isla cala hasta dentro.

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