viernes, 19 de agosto de 2016

Rapa Nui


Hay días que no cuesta nada madrugar. El despertador sonó a las 5.45 de la mañana y nos pusimos en marcha porque una hora más tarde salíamos para el aeropuerto camino Isla de Pascua. Todo fue como estaba programado y tras casi 6 horas de vuelo y 3500 km recorridos aterrizábamos en el lugar habitado más alejado de otro lugar habitado.

La primera sensación fue que estábamos llegando a un lugar de la Polinesia, y el estilo es, sin duda, ese. La única diferencia es que la gente de la isla habla español (y rapa nui). El aeropuerto es pequeño, como todo en la isla, y en muy poco tiempo habíamos recogido nuestras maletas y estábamos en los brazos de la familia Diaz Tuki, que nos recibían, como no, con collares de flores.

Habíamos oído que la organización de las cosas en la isla no era muy estricta, pero nuestra sorpresa fue grande cuando a nuestra llegada a la casa toda la familia y amigos, entorno a la tía Sara, nos estaban esperando y habían preparado un curanto (comida asada bajo tierra con piedras volcánicas calientes) por lo que nos sentimos muy agradecidos.

Después de comer Vianca, una de las hermanas Diaz Tuki, nos acompañó en camioneta a visitar la capital, Hanga Roa: los primeros moais, las playas, unas cuevas, la costa, el oleaje… Nos parecía estar viviendo en una película o en un documental. Estábamos paseando entre las gigantes cabezas que tantas veces habíamos visto y nos habían parecido inalcanzables. ¡Estábamos en Rapa Nui!





Al atardecer nos hicimos unas compras y nos sentamos en la terraza de la casa de Ariki a tomarnos unas cervezas antes de cenar. La tranquilidad que se respira en esta isla cala hasta dentro.

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