Tras
recorrer 11.000 kilómetros entre Madrid y Santiago hemos amanecido sobrevolando
el continente americano. Los primeros rayos del sol nos han descubierto la
belleza blanca de la Cordillera de los Andes mientras desayunábamos a 10
kilómetros de altitud. Hemos aterrizado entre la más espesa niebla que cabe
imaginar en la heladora capital Chilena, que nos recibía con tres grados.
Nuestro
cicerone Pancho llegó rápido y en el taxi que habíamos alquilado nos acercamos
a nuestro apartamento en el centro.
Tras
asearnos y cambiarnos, desayunamos por segunda vez, dos cuadras más allá de
nuestro bloque de apartamentos y, hacia las 11 de la mañana, cuando el termómetro marcaba 17 grados, comenzamos a
caminar.
Actividad que, por otra parte, no cesaría hasta las 8 de la tarde. Con la grata compañía y las magníficas explicaciones de Pancho hemos recorrido mercados, Plaza de Armas, catedral, Museo de historia precolombina, Palacio de la Moneda… conociendo el barrio Providencia (donde nos alojamos); zona centro, Bellavista y Lastarria.
Para acabar el día subiendo en funicular al Cerro de San Cristóbal para ver el atardecer desde allá y poder disfrutar de la grandeza de la ciudad que, tal y como nos había recibido, se volvía a cubrir de niebla.
Ha sido un día intenso en el que hemos caminado mucho
y hemos podido conocer muchos rincones de Santiago de Chile. Una ciudad viva
con mercados abarrotados de clientes, avenidas atestadas de coches, parques
tranquilos donde correr o descansar, grandes torres nuevas combinadas con antiguas
viviendas bajas coloniales, edificios en desuso con joyas históricas
restauradas y reconvertidas en centros culturales o comerciales. En definitiva, un ciudad acogedora y para todos los gustos.

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